Como ha venido siendo habitual desde que se comenzó a hablar del calentamiento global, asistiremos a una saturación de información caracterizada por su vacío y poco interés en cuestionar, ni siquiera mencionar y, menos aún, eliminar, las causas que amenazan la propia existencia de la especie humana.
“Como si de un problema de mala gestión se tratase” (2), políticos, funcionarios, expertos, tecnócratas, ecologistas… -justificando, al mismo tiempo, su propia existencia para diseñar las estrategias defensivas que neutralicen esta gran amenaza hacia nuestro modo de vida y “bienestar”-, se manifestarán sobre la necesidad de planificar y gestionar de forma “más humana” el caos y la nocividad de la sociedad de consumo -en este caso, gestionar la nocividad del transporte-. Sin embargo, “nadie en su sano juicio pensaría que es posible encontrar una solución sin afectar todo lo que es esencial al funcionamiento económico del planeta”. (3)
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